Legendario

El Cantar del Mio Cid es un poema épico anónimo donde se narran los actos heroicos de un personaje llamado Ruy Díaz. Está inspirado en el caballero castellano Rodrigo Díaz el Campeador. Se trata de la primera obra narrativa extensa de la literatura española en una lengua romance, y destaca por el alto valor literario de su estilo. Fue compuesto —según la gran mayoría de la crítica actual— alrededor del año 1200.
En la Edad Media las clases sociales estaban conformadas por un triángulo jerárquico en el cual los campesinos se encontraban en la base, encima estaban los soldados, luego los nobles, la iglesia y en la cima, el Rey. Después de Rey, el clero era muy importante, por eso la biblia y sus leyes influenciaban mucho en toda la percepción de “bueno y malo” que tenían las personas, puesto a que las leyes que están en la biblia son los diez mandamientos. Clásicamente en el Medievo, el pensamiento y de las personas según su moral, no debía aceptar matices, lo que significaba para ellos que sólo existían dos bandos: los completamente buenos, y los completamente malos; los creyentes en Dios, y los no creyentes; los que están con el Rey, o los que están en contra; aquellos que tienen honor, y los deshonrados. Teniendo su desenlace el poema en este periodo histórico, están presentes esas características también, pero con la extraordinaria diferencia de que sugiere en el texto esa maravillosa posibilidad de proponer que no todo el mundo es bueno, o es malo en totalidad. Que puede existir un en un ser humano un poco de los dos. El Cid Campeador, así como también el Rey, o los campesinos rompen un poco con el pensamiento de la Edad Media. En el poema el héroe tiene cuantiosas virtudes, mientras que el Rey, que está más cerca de la iglesia y es el que se supone debe ser el mayor practicante de dichos valores en vez de los pecados.
Uno de los temas principales del poema es el honor. Ruy Díaz realiza todas esas increíbles hazañas para recuperar su honor ante el Rey, puesto a que esto lo destierra de su patria por unos rumores en contra del Cid:
“Ya aguijan a los caballos, ya les soltaron las riendas.
Cuando salen de Vivar ven la corneja a la diestra,
pero al ir a entrar en Burgos la llevaban a su izquierda.
Movió Mío Cid los hombros y sacudió la cabeza:
“¡Ánimo, Álvar Fáñez, ánimo, de nuestra tierra nos echan,
pero cargados de honra hemos de volver a ella! “”.
(Primer cantar).

El honor era muy importante y perderlo era equivalente a perder la vida. Por esto el Cid cuando aprisiona al conde García Ordóñez por destruir las tierras del Rey de Sevilla, no lo mata, sólo le toca la barba y le desprende algunos vellos. En esa época, las barbas significaban respeto y honor, y el detalle de no matarlo, sólo humillarlo, es muy interesante.
En esta historia, el Rey, quien es representación de la iglesia como un Dios terrenal, en vez de ser una figura correcta, es quien traiciona. Conspira en contra del Cid sólo por prestar oídos a unos vanos comentarios. El Cid sin embargo, le obedece al Señor y abandona sus tierras. Además de ser un ser valiente y luchador, es sensible y lo demuestra al llorar en pleno destierro:
“Los ojos de Mío Cid mucho llanto van llorando;
hacia atrás vuelve la vista y se quedaba mirándolos.
Vio como estaban las puertas abiertas y sin candados,
vacías quedan las perchas ni con pieles ni con mantos,
sin halcones de cazar y sin azores mudados.
Y habló, como siempre habla, tan justo tan mesurado:
“¡Bendito seas, Dios mío, Padre que estás en lo alto!
Contra mí tramaron esto mis enemigos malvados””.
Es inevitable no sentir importancia al leer lo ocurrido. Esta frase expresa el conocimiento del pueblo de lo que estaba pasando, sabían que se daba una injusticia con el Cid: “Oh, Dios, qué buen vasallo si tuviese buen Señor”. En esa expresión las personas estaban exaltando a Ruy Díaz mientras que es un insulto al Rey, pues, lo etiquetan como un mal patrón.
En la épica los héroes tienen a representar al pueblo, pues, es protagonizado por alguien que se encuentra generalmente entre los campesinos o soldados. La persona que comete los actos heroicos es exaltada y convertida en una persona honorable y sabia. Cada frase que sale de su boca debe ser una construcción hermosa de palabras perfectamente combinadas.
Como las frases fascinantes que decía el Cid a Doña Jimena, su esposa:
“¡Ay, Doña Jimena, mi esposa tan excelente,
como a mi alta yo tanto os quería.
Ya lo ves que nos hemos de separar”.
(Primer cantar).
Para Ruy Díaz la familia era muy importante. El amor, y su apoyo significaban mucho para él. Sus hijas pequeñas él de grandes quería ver, y su sentimiento de desear vivir para ser él quien lleve de la mano a sus hijas en sus casamientos es casi como una súplica a Dios de que lo dejara vivir. La obediencia del Cid prevalece por encima del amor que tiene por sus familiares, porque aunque no quiere, las abandona. Más sin embargo, no las desampara y las deja bajo el cuidado de Don Sancho:
“Contento, de vos estoy y agradecido, don Sancho,
prepararé la comida mía y la de mis vasallos.
Hoy que salgo de esta tierra os daré cincuenta marcos,
si Dios me concede vida os he de dar otro tanto.
No quiero que el monasterio por mí sufra ningún gasto.
Para mi esposa Jimena os entrego aquí cien marcos;
a ella, a sus hijas y damas podréis servir este año.
Dos hijas niñas os dejo, tomadlas a vuestro amparo.
A vos os las encomiendo en mi ausencia, abad don Sancho,
en ellas y en mi mujer ponedme todo cuidado.
Si ese dinero se acaba o si os faltare algo,
dadles lo que necesiten, abad, así os lo mando.
Por un marco que gastéis, así conveto daré cuatro.”
(Primer cantar).
Doña Jimena, esposa del Cid, marca otro punto importante en la historia: la religiosidad. Pide a Dios de una forma maravillosamente poética por la vida de su esposo. Esa letanía le da una forma estética al libro, más allá de su musicalidad.
El personaje de Jimena es hermoso y sensible, puede transmitirte el dolor, la desesperación y la importancia que llega a sentir porque su esposo se va, sin saber cuándo vuelve, sin saber siquiera si va a volver; el dolor que debe sentir una madre al ver que el padre de sus hijas las abandona siendo ellas muy pequeñas aún:
“¡Merced os pido, buen Cid, noble barba tan crecida!
Aquí ante vos me tenéis, Mío Cid, y a vuestras hijas,
de muy poca edad las dos y todavía tan niñas.
Conmigo vienen también las damas que nos servían.
Bien veo, Campeador, que preparáis vuestra ida;
tenemos que separarnos estando los dos en vida.
¡Decidnos lo que hay que hacer, oh Cid, por Santa María!”.
El poema del Mio Cid es importante leerlo porque es el primer texto escrito en castellano, además de que el primer cantar épico conservado casi en su totalidad. Para tener conocimientos de la literatura debemos empezar por los padres la escritura, las primeras obras registradas.

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