El estanque muerto que me da vida.

ADVERTENCIA PARA EL LECTOR: Este análisis (si se puede llamar análisis) está hecho para los que saben leer con los ojos del alma. Aquí no encontrará argumentos analíticos explicando los elementos de la pintura. Sáquese el saco del razonamiento lógico y siéntase cómodo. Yo escribo para su ser espiritual y sensible. Tómese un café y déjelo disfrutar.

Me fui de viaje con Pedro Centeno Vallenilla.

Pedro Centeno Vallenilla fue un pintor venezolano que me invitó a viajar, y acepté aun sin darme cuenta. Aunque hubiese dicho que no, igual me llevaría en ese viaje que esperaba por mí y en el que ya estaba antes de saberlo. No lo vi venir, pero me atrapó, y si me hubiese advertido de tal viaje, me dejaría seducir con la finalidad de navegar entre sus trazos en lienzo.
Uno de los objetivos del arte es dar vida, hacerle sentir a una persona algo, por diminuto que sea. Hacerlo pensar en algo. Los cuadros de Centeno Vallenilla son como un viaje, me llevan remoto lugar donde dejo aflorar mi sensibilidad al desnudo.
Estuve con él en muchas travesías, pero quiero compartir mi experiencia una en particular.

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En este cuadro, llamado El estanque muerto, mis ojos sólo se dirigen al agua. La tranquilidad que me transmite, la serenidad me hace sentir en paz, y así está la mujer que flota: expresa en su rostro paz. Quisiera florar con ella, caminar en las escaleras, tocar la estatua que está al fondo y caminar entre los árboles detrás de ella. El reflejo del agua se ve muy real y eso llama mi atención inmensamente. Puedo sentir la humedad y ver mi reflejo.
Me pierdo en el atardecer que se ve al horizonte. Ya estuve ahí en ese lugar sin haber estado. Soy parte del agua y ella es parte de mí. Subo a por las escaleras cuando quiero, y aprecio la estatua. No converso con mi amiga porque no quiero interrumpir su paz, parece que la está disfrutando. Además, siempre me distraigo admirando las flores que trae en su pecho, como si fuese un regalo para el que las ve, o una distracción a propósito para que el que la vea no la despierte sino que observe el bello adorno. A veces acaricio los árboles y los abrazo, pero siempre tengo que volver, despertar y regresar este mundo. La buena noticia es que siempre puedo volver a viajar, mi boleto no expira y Pedro siempre está esperándome. Tengo atardeceres infinitos y una laguna siempre disponible. Una amiga que descansa y unas flores que no marchitan.
Una pintura es un portal que divide al espectador, flotas entre dos universos: el real y el místico, como un sueño. Al mirar el cuadro entro en un mundo espiritual y piadoso que exilia mi razón y deja entre los dos universos nada más que mi alma sensibilizada, el cuerpo no importa y la razón voltea la cara intencionalmente para no hacer su trabajo porque en el fondo también quiere disfrutar del arte sin arruinarlo con las barreras de la lógica. No atiendo entonces más que mis emociones y en ese momento sólo siento y luego existo.

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