¿Por qué NO leer a Eugenio Montejo?

El Arco y la Lira (Octavio Paz): hay poesía sin poemas; paisajes, personas y hechos suelen ser poéticos: son poesía sin ser poemas.
Eugenio Montejo era poesía viva en estado puro, y lo demostraba en cada una de sus obras de arte, las cuales llamamos poemas. Cada uno está impregnado de una carga poética exquisita y cautivante, al leerlos nos acercamos a una fuente de agua fresca y salvadora; poesía latente; las palabras cobran vida, salen de las páginas y nos seducen con un baile delicado, preciso y revelador. Era un artesano, un maestro del negro sobre el blanco; cada obra son monumentos construidos con la persuasión sublime propia de los grandes artistas. En el poemario “Terredad” se refleja tal sublimidad.
Cada uno de los poemas de Terredad me evidencia la relación profunda que tenía Montejo con su entorno, su naturaleza, y su país. Sucumbir ante la belleza de un árbol, quedarse absorto al ver una flor o escuchar el canto de un pájaro, permitía la exuberancia de poesía en cada uno de versos, rebosaba las páginas. Montejo se abría ante los fenómenos de la vida y los plasmaba en el maravilloso papel de la mejor forma. Desbordaba la grandeza poética en sus textos. Un lápiz o un bolígrafo eran sus instrumentos para tener, a través del puente de un pliego, un diálogo con Dios. La punta del lapicero tocaba con trazos precisos el edén de los creyentes. Y a Dios le gustaba su presencia.
La insondable religiosidad de Eugenio es sumamente importante cuando hablamos de sus poemas; sin embargo, no nos referimos a una religión como tal, sino a la naturaleza y los milagros cotidianos que en su entorno estaban presente, la belleza infinita del mar, el aire, el cielo… ¿Qué más tenemos si no es eso? ¿Qué más grandeza que los prodigios de los que somos testigos y, sin embargo, no nos detenemos a admirar? Montejo nos invita a exponernos a ellos y a padecerlos, permitirse ser sensibles ante su presencia y a dejarles que formen parte de la vida, y no del entorno simplemente. Para esto entonces utiliza la extraordinaria poesía, (o más bien, la poesía lo utiliza a él); por ello solía repetir que la poesía es la última religión que nos queda y él se encargaba de difundirla. Tal como el labor de un panadero es proveer “el pan” diario, su misión era suministrar el alimento del alma.
“En el Bosque” es el primer poema del libro. Él nos transmite la sensación de tranquilidad, de paz que puede haber en un lugar tan colmado de naturaleza; los deseos de querer llegar a formar parte de ellos… En los dos primeros versos me hace ver que describe el bosque como un templo: “En el bosque, donde es pecado hablar, pasearse, / no poseer raíz, no tener ramas”; pues, es propio de los lugares sagrados guardar silencio como muestra de respeto. En los siguientes versos Eugenio denota las desventajas que tiene un ser humano ante un bosque, y lo inútiles que podemos ser en ese espacio; “de ningún brazo se construye una puerta, / la piel, las uñas nunca sirven / para un nido de pájaros.”, ciertamente, somos inservibles ante una planta que es tan valiosa e importante la cual nos regala tantas cosas, y no sólo a nosotros, sino a otras criaturas. Montejo manifiesta el deseo de querer ser un árbol, posiblemente por su utilidad, sabiduría, tranquilidad, silencio o transcendencia. Los seres humanos somos todo lo contrario a esa belleza… por eso cuando una persona con deseos de convertirse en un árbol, se encuentra en el bosque, no puede engañar al viento, no puede convertirse en uno de ellos porque somos todo lo opuesto. Esa impotencia de no poder ser algo que anhelas, está presente en toda la atmósfera del poema.
En el poema “Pájaros”, como en muchos otros a lo largo del libro, está presente una dualidad, lo que me llevó a pensar en lo que escribe Octavio Paz en El Arco y la Lira: “La poesía revela este mundo; crea otro.”; mientras construye de manera extraordinaria una obra en la que se refiere a un acto natural como lo es el canto de los pájaros, crea esa otra cara de la poesía que nos toca descifrar, la parte oculta.
“Oigo los pájaros afuera, / otros, no los de ayer que ya perdimos, / los nuevos silbos inocentes. / Y no sé si son pájaros, / si alguien que ya no soy los sigue oyendo / a media vida bajo el sol de la tierra”.
En un primer plano, me dice que está hablando de las maravillosas aves, pero en el verso donde dice “Y no sé si son pájaros” me da esa sensación de ambigüedad, pues no se refiere meramente a pájaros como ese animal terrestre volador; el poema me lleva a “pensar” (lo cual es fantástico), y extender mi visión más allá de creer que está hablando de una criatura, para facilitar el entendimiento del poema.
En estos versos encontré los primeros indicios de la resolución al misterio relacionado con los pájaros, de a quién o a qué se refería: “si hay algo real dentro de mi son ellos, / más que yo mismo, más que el sol afuera, / si es musical la fuerza que hace girar el mundo, / no ha habido nunca sino pájaros”… pero en esta paradoja está la clave, la respuesta del poema, lo que me hizo cuenta de qué hablaba: “el canto de los pájaros, / que nos trae y nos lleva”; ¡claro! Está hablando de la poesía. Al leer a un escritor tenemos su esencia, sus palabras, lo tenemos con nosotros, a nuestro lado; lo llevamos al lugar de donde lo estamos leyendo, da igual que sea en Caracas o en México, el escritor va y viene, como el canto de los pájaros cuando emigran. Esta magia (como Octavio Paz bautiza) sólo puede ser posible con la literatura, en este caso, la poesía. Eugenio renunció a su cuerpo, sus manos y su talento para entregárselos al arte magnífico de la escritura, por ello, dice que los pájaros (la poesía) es lo único real dentro de él, aún más que sí mismo. Si es musical la fuerza que hace girar al mundo, son los poemas; ya sean leídos a dos voces, con las armoniosas cuerdas de una guitarra de fondo o simplemente con el sonido musical de la voz.
Las diversas interpretaciones de un poema pueden ser muy variadas desde la perspectiva de cada lector, y esa es una de las preciosidades de literatura. Otra interpretación de “el canto de los pájaros, / que nos trae y nos lleva” es la referencia a la lectura… La poesía de Terredad, y todos los poemas en general, nos pueden remitir a un acontecimiento de 1918, como a un viaje a Europa, e incluso puede transmitir el deseo del escritor de volver a su país, muy lejos del lugar al que se está dirigiendo; como también te puede llevar, a través de sensaciones, al lugar donde transcurrieron los primeros años de tu vida. Nos lleva de un lado a otro instantáneamente. Esto se conecta directamente con Octavio Paz al decir que la poesía invita al viaje; y te hace regresar a tu tierra natal.
Montejo te lleva a encontrarte con lo más profundo de ti, te hace una invitación de cortesía para indagar en los lugares más recónditos de tu alma y poder así cambiar tu perspectiva de las cosas y darte cuenta que estamos rodeados de milagros. En el poema “Si Dios no se moviera tanto” escribe sobre la naturaleza, las maravillas que en ella ocurren, que pasan a veces más rápido de lo que yo quisiera. Como lo rápido que se marchita una flor en su máxima perfección, lo veloz que llega y se va una mariposa volando, o un pájaro. Momentos que ojalá duraran toda la vida. “Si flotando en las nueves no cayera, / si no usara del tiempo / con tanta redondez en la rosa, en sus pétalos. (…) Si levitando inmóvil en un eje, / ya borradas las horas, / abolidos el reloj, el tenaz minutero, / nos dejara palpar el paisaje / con el tacto del Génesis.”. Anteriormente no pensaba en eso, al leer este poema me hizo desear pequeños instantes así un poco más largos, el poder tocarlos y detallarlos con más tiempo.
Eugenio no sólo se apasionaba por la naturaleza, sino también por la escritura misma. Él sabía que la poesía era la salvación, que un país con lectores y escritores de poemas no estaba perdido, y en “Epístola sin forma” él me escribe a mí, te escribe a ti; redacta una carta para todo aquél que quisiese leerla y adoptarla como suya. Un mensaje dirigido de una forma tan universal como individual. “No había más forma que la vida”, es uno de los versos en el poema, en él se reduce lo esencial de la existencia, el puente que une el alma con naturaleza, con otros mundos y con Dios: la escritura. La transcendencia de la que Montejo estaba consciente que tendría, la hace evidente en estos versos: “Tú que leerás después, en otro siglo: / mide tus dioses con los nuestros, / deletrea el áspero silencio.”; él sabía que iba a ser leído en años posteriores, y esa facultad de escribirle a un lector, que sin importar el año en que esté descubriendo la carta, la considere escrita especialmente para él, es increíble. Nos invita a leer, pero en esa última paradoja nos está tomando de la mano para con sutileza para invitarnos a escribir también, nos conduce. Darle palabras a eso que está vacío, que no está, no existe todavía, que está en silencio; llenar de poesías nuestras hojas. “Vivimos al filo de las horas / palabra por palabra, / tú que leerás, tal vez, desde otro mundo: / descifra el sueño en la ceniza.”, estos versos finales, en especial el último, me hizo alucinar, me llevó a otro plano maravilloso. ¿Cómo se descifra el sueño en las cenizas? Esa metáfora se refiere de nuevo a una invitación a leer poesía; considero al escritor, cuyo oficio le apasiona, como un fuego vital que se apodera de él al momento de redactar. Todo trazo en el papel eleva cada vez más y más el alma hasta tocar las puertas del paraíso. Al estar un poema listo, no quedan sino las cenizas de aquella llama maravillosa que se encendió al escribir; por eso cuando leemos poesía, no sólo estamos leyendo belleza en estado puro, sino también todas las extraordinarias cosas que sintió el poeta, las cuales lo llevaron a escribir los versos. La poesía, exigente y caprichosas, te lleva a pensar, y a descifrar el sueño en las cenizas (el mensaje del poema).
Eugenio Montejo sabía que la forma de transcender del hombre es a través de la escritura, por eso en Terredad existen muchos poemas en los que se denotan un conocimiento de la clave de la transcendencia; Montejo estaba consciente de lo inseguro que era su país, que en cualquier momento podría perder la vida, por esa razón él se refugiaba entre páginas, era su única forma de permanecer, de dejar un legado y ayudar un poco a los que nos quedamos por ahora en esta feroz selva. En el poema “Duración” Eugenio me hizo ver lo pasajeros que somos en la tierra. “Dura menos un hombre que una vela / pero la tierra prefiere su lumbre / para seguir / el paso de los astros. /Dura menos que un árbol, / que una piedra, / se anochece ante el viento más leve, / con un soplo se apaga / Dura menos que un pájaro, / que un pez fuera del agua, / casi no tiene tiempo de nacer, / da una vuelta al sol y se borra / entre las sombreas de las horas / entre las sombras de las horas / hasta que sus huesos en polvo / se mezclan con el viento. / Y sin embargo, cuando parte / siempre deja la tierra más clara.”.
Nos describe como una vela que ilumina la tierra, y a pesar de que ésta transciende más que un hombre, el ser humano se cree superior, la daña; por ello cuando con un soplo se le apaga la vida (así de frágiles somos), la tierra descansa, y en vez de oscurecerse, aclara. Somos víctimas de la justicia del karma que nos hace no más fuertes que un suspiro.
Al leer a Eugenio, al leer Terredad, una parte de mi ha cambiado, se ha ido y ha regresado. Me he quedado sin palabras y a su vez me he ganado muchas otras. Prefiero caminar ahora con los árboles, para hablarles, darles los buenos días. En ocasiones son mejor compañía que algunas personas. Me llenó de sentimientos nuevos los cuales no sabía que poseía, me sonrió a través de cada poema. Me condujo con toda la intensión a un lugar donde puedo decir que alcancé la Terredad, y me gusta. Me hizo querer llorar; despertar… Amar el paso de las nubes, los pájaros, las rosas… Soy más sensible porque me enseñó a detenerme a observar y admirar. Valorar la perfecta composición de una flor, el milagro esplendido de la procreación, el canto de un pájaro; los regalos que la vida nos da sin pedir nada a cambio. Me hizo creer en todo y ser atea sólo de la muerte. A pesar de que la luz vital de Eugenio ya se apagó hace unos años, nos sigue regalando vida, nos sigue haciendo creyentes de la vida, de la poesía y la escritura.
Y aquí va una pregunta retorica, ¡¿por qué no leer a Montejo?! No puedes pedir más de un poeta, no puedes pedir más que la entrega de su vida entera en cada obra, no puedes exigir más que su grandeza. Cada verso está compuesto con pinceladas de belleza calculadas delicadamente para que provoque en ti la misma sensación que me atrapó a mí. El libro está compuesto por cincuenta poemas; sólo he hablado de cinco de ellos. Queda ahora de tu parte aprovechar el boleto de oro, especialmente entregado a ti, para subir al vagón sin regreso de las sublimes obras de arte moldeadas a con las palabras de un hombre prodigioarcipriesteso.

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